Saludos dominiciales. a partir de que se dio a conocer el decreto del ejecutivo federal para deducir de los impuestos que pagan las personas físicas los gastos hechos a cuenta del pago de colegiaturas en escuelas particulares, se han escrito muchos artículos en la prensa escrita. El día de hoy me encontré con el comentario de Luis Peterson Farah en la edición de Milenio diario. Aquí va. Se titula "Si esto ayuda a mejorar..."
Digan lo que quieran, pero la deducibilidad de las colegiaturas en la educación privada no puede ser algo malo para el país. Si resulta una medida “electorera”, si dicen que es un paso hacia la privatización, si ya se les había ocurrido a otros, importa poco: eso sólo habla de lo que tienen en la cabeza los políticos.
Si algo ha quedado claro en los últimos años es que el sistema educativo mexicano requiere mucho más que dinero para desatorarse y empezar un movimiento de mejoría. Los intentos de la Alianza por la calidad de la educación han quedado en eso, en intentos. La difícil puesta en marcha de procesos de evaluación y comparación con otros sistemas del mundo ha dado un empujón, aunque sólo porque las pruebas Enlace y las pruebas PISA de la OCDE han puesto sobre la mesa una realidad que nos hemos negado sistemáticamente a ver: la escuela mexicana es mala. Los alumnos tienen el enorme desafío de superar a sus maestros y a sus papás. En muchos casos, educarse a pesar de ellos.
Siempre me ha llamado la atención la poca o nula exigencia de los padres frente a la calidad de la educación que reciben sus hijos. Parece que no acabamos de ver el tema como algo importante que nos contentamos con el puro certificado, o que de plano no sabemos qué exigir en concreto, porque somos hijos de la misma escuela y sólo nos deja pasmados que otros países sí logren que sus alumnos lean, entiendan y disfruten lo que leen.
Aquí más bien papá y mamá piden que su criaturita apruebe y que no se le haga sufrir con tantas tareas. Si aprendió o no, es cosa secundaria. Dejamos esa chamba ciega, placentera e irresponsablemente a los maestros. Y los padres que intuyen al menos la necesidad de una mejoría, se quedan atrapados en el círculo del sistema: si alguno pide una enseñanza de mejor nivel, por ese solo hecho insulta al magisterio nacional, un gremio que, con todas las excepciones de rigor, se resiste al cambio como ningún otro en el país.
A algunos de estos padres de familia les beneficiará la deducibilidad porque tendrán más opciones con menos obstáculos. Pero sobre todo beneficiará al sistema entero, que puede encontrar en la competencia un acicate adicional, aunque pequeño, para impulsar cambios.
En la educación privada hay escuelas patito, escuelas resumidero, escuelas sólo negocio y hasta meras fábricas de certificados (con tal de pagar y no morirse en un tiempo razonable), pero también hay escuelas, muchas, que pueden poner una medida de calidad alcanzable. Facilitar a los padres una alternativa no puede ser malo, ¿de dónde?
Si esto ayuda a mejorar....
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